«Nuestro país es pobre, para quien
ansía el oro. Nosotros lo adoramos.
Para nosotros, con sus bosques, sus rocas
y sus playas es un país de oro».
(del himno finlandés)
Cartas al director de LA NUEVA ESPAÑA (23/9/07)
Asturias, el urbanismo que viene. ROGELIO RUIZ FERNÁNDEZ
Nos felicitamos, cómo no, por el premio europeo que nos dieron junto con Euskadi por el control de nuestra costa. Pero en el País Vasco, además, el control, la preservación en sus palabras, sobre el suelo no urbanizable es mucho más estricta, y la ley regula esa debida, necesaria, protección de los núcleos para restringir su crecimiento. Consecuentemente, las empresas constructoras y los propios vascos van a satisfacer estas «necesidades» de segunda vivienda en las comunidades cercanas que no ven, no vemos, lo que estamos quemando con esta actividad constructora. Cantabria ya ha reconocido el desastre que se ha hecho en muy pocos años (y que sufrirán durante cien). Pueden decir ustedes que nos traen riqueza, pero es precisamente lo contrario: los vascos, que iban a las Landas mientras nosotros íbamos a Benidorm, están ahorrando reservas medioambientales. Ellos son los Estados Unidos importando crudo para guardar sus bolsas. Somos nosotros los que gastamos, los que nos gastamos.
El mal existe
Nuestra situación actual, tomada en un marco general, es la de un enfermo en un primer estadio (si valoramos los puntos dañados en el contexto de la provincia con mayor número de kilómetros de costa). Pero el mal existe, y debemos curarnos y frenarlo pronto y decididamente. Hay pueblos irreconocibles en un período de muy pocos años, daños de sobreedificación en villas que nos marcan rumbos muy negativos. Se han parado actuaciones que hubieran tenido una repercusión lamentable en nuestro medio, pero otros focos de este cáncer permanecen vivos. Otras costas europeas se llenan de pintadas («Not to second homes») por pequeñas edificaciones controladas. Aquí no vemos.
Estamos centrando -donde sin duda es necesario por su fragilidad- todo el debate urbanístico en la costa, pero el peligro está en todo el no urbanizable. Debemos recordar que los núcleos rurales son terreno no urbano. El plan territorial de ordenación del litoral de Asturias, al final, acaba siendo una línea, y una línea no es una franja gradual, es un absoluto que genera una presión psicológica del lado de los que aún pueden construir algo. Parece que más que prohibir, justifica lo que está al otro lado, y no es así. Observamos también que en los núcleos urbanos hay más gente dispuesta a crear una fuerte respuesta vecinal, y por ello el ataque busca otros flancos, el agua nos entra en el barco por otros boquetes, y aparecen focos de fuerte construcción pretendidos en núcleos del interior o junto a esta línea que marca el POLA; y si puede ser con el campo de golf en plena costa (que ahora vale mucho menos), mejor.
El rumbo iniciado los últimos años, que da más poder a los municipios, favorece las relaciones políticas entre Gobierno y ayuntamientos, pero genera una indefensión importante a los intereses territoriales. Se nos ha vendido la protección de la costa y el control especulatorio como arma electoral y nadie en su sano juicio puede promover lo contrario. Pero debemos quemar nuestras naves desde la ley, que no haya la posibilidad de una debilidad humana. Evitar ya desde las normas urbanísticas que se puedan hacer nuevos asentamientos en la costa o en los núcleos como los que vemos que florecen o pretenden florecer a partir de pueblos muy pequeños. Los crecimientos deben ser avalados por crecimientos demográficos no estacionales.
Ahora se respira que cambia el discurso, que se nos olvida lo de la protección contra la especulación. Los mismos representantes de los constructores que ven las elecciones lejanas y que hace un año pedían en este periódico mano de obra extranjera para Asturias se atreven ahora a pedir construir en la costa ¿de una manera sostenible? Si las bolsas tienen estos tamaños que se ven venir, difícilmente afectarán de manera positiva al trabajo y bienestar del núcleo que ahogan. Y nos dicen que serán viviendas de alto «standing», como si fuera en este país la posición económica un garante de interés ambiental o cultural. Esto acaba siendo un problema de proporción: si vamos a crear y permitir urbanizaciones enormes, abusivamente superiores al pueblín del que toman nombre, acabaremos teniendo un frente de costa, eso sí, quinientos metros más atrás con el plato del día. No lo disfracemos. La creación de grandes urbanizaciones exógenas acaba escapando de las manos de la mano de obra local y quedando en las manos de empresas, que a los ritmos que marcan los bancos y las oficinas de venta, generan los proyectos. Pero con la promesa de una ínsula, técnicos, políticos, publicistas, periódicos, dueños de praos, el del barín… actuamos de escuderos, de palmeros, de una triste locura.
Sensatez
Nos queda al final, como en todo documento urbanístico, hablar de la exposición pública. Tenemos más información por los cuadros que de vez en cuando publican los periódicos, produciendo escalofríos, haciéndonos escribir, que la que los ayuntamientos deberían ofrecer en un ejercicio claro de transparencia. Uno no se debe enterar de las intenciones que tanto van a modificar su entorno por un papel pinchado en un Ayuntamiento ni por una publicación del BOPA. Debe hacerse una exposición e información importante in situ, y que todos sepamos qué se gana (y quién lo gana) con todo esto. Y luego, si les parece, entre todos decidimos con sensatez cuál es el interés público que legitima la ordenación de la utilización del suelo.
Rogelio Ruiz Fernández es doctor arquitecto y urbanista
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