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Butacas de cabra franquista. JAVIER MORÁN

Reflexiones singulares de la consejera de Cultura, Ana Rosa Migoya, sobre la relación del género caprino con la corrupción en la Universidad Laboral. LA NUEVA ESPAÑA (11/9/06)

JAVIER MORÁN
Pasmados y conmovidos, continuamos con el recuento de errores propagandísticos del Principado. Dicho recuento comenzó con el ya célebre tomo cuché del «Construyendo Asturias», y continúa ahora con el drástico anuncio de Jesús Gutiérrez -secretario de organización de la Federación Socialista Asturiana (FSA)- sobre la eliminación de todos los símbolos franquistas que persisten en la región. El mensaje es coincidente con lo que el presidente del Principado, Vicente Álvarez Areces, y su consejera de Cultura, Ana Rosa Migoya Diego, han anunciado sobre los elementos falangistas de la Laboral, aunque Migoya opinó hace unos días que no era conveniente «mutilar» el edificio del arquitecto Luis Moya.

Lo dijo al descubrir una sorpresa de la Laboral: las butacas del teatro no eran de piel de camello, sino de cabra.

¡Ah, la cabra!, ese animalillo con tantas resonancias españolas. ¿Fue despellejada la cabra de la Legión para uno de los asientos del soberbio teatro de Cabueñes? ¿Y qué decir de esas cabras itinerantes subidas a una escalera, que giran y bailan al ritmo de la música de los feriantes? ¿No es acaso ésta una de las estampas de la España cañí?

¿Y la localidad cordobesa de Cabra, donde nació aquel político franquista de gran dentadura, José Solís Ruiz, que siendo ministro secretario general del Movimiento defendió lo de «más gimnasia y menos latín», y entonces, Adolfo Muñoz Alonso, vallisoletano, profesor de la Complutense, le dijo que se tentara la ropa, ya que «por de pronto, señor ministro, el latín sirve para que a su señoría, que ha nacido en Cabra, le llamen egabrense y no otra cosa»? (O sea, cabrón, con perdón).

De Cabra es también la ministra de Cultura, Carmen Calvo, quien también demostró gran insensibilidad hacia el latín cuando el senador Van Halen (PP) citó un día palabras de ella añadiendo la coletilla «Calvo dixit», y entonces la egabrense se enfureció muchísimo y le respondió «ni «Dixi» ni «Pixi»» (célebre gato y roedor de unos dibujos animados).

Por cierto, Calvo y Migoya, en comandita, desmontaron hace un tiempo la asignación del uno por ciento cultural a varios proyectos asturianos y todavía hay municipios lamiéndose las heridas a causa de ello. Pero ésa es otra historia.
A lo que íbamos es a esa honda vinculación entre la cabra y el franquismo, casi telúrica, y a las deducciones que sobre ambos elementos realizó la consejera Migoya en su reciente inspección de las reformas de la Universidad Laboral.
En efecto, la Consejera reveló que «las famosas butacas de piel de camello» del teatro no eran de tal pellejo, sino de origen caprino, como se deduce de una facturas halladas recientemente. A este descubrimiento, añadió Migoya la reflexión de que lo del camello era una «historia que formaba parte de las cosas que el régimen transmitía para magnificar la grandiosidad de sus obras».

Agregó la Consejera que, aun sin camellos de por medio, esos asientos habían costado tres millones de pesetas de 1950, «lo cual da idea de la corrupción del régimen y todo lo que se movió alrededor de edificios megalómanos, construidos para mayor loa de la dictadura».

Vayamos por partes, porque todas estas reflexiones de Migoya nos abruman por su hondura.

La verdad es que lo de las cabras es una sorpresa, ya que creíamos que estos chivos, por su tamaño, sólo daban para hacer guantes y complementos similares, pero para armar butacas del tamaño y amplitud de las de la Laboral suponemos que se utilizarían cabrones descomunales -otra vez perdón-, o acaso cabras montesas.

Pero aquí la cuestión no es de galgos o podencos, ya que el cuero de cabra, de gran finura, podría haber sido tan costoso como el de camello. De hecho, la consejera Migoya reconoce igualmente su calidad y coste, circunstancia a la que aquí añadimos lo que venimos sosteniendo desde hace tiempo: resulta lamentable que el Principado se haya cargado el teatro de la Laboral eliminado sus singulares butacas, alterando la configuración de su patio, tapando el mural sobre el escenario o rechazando que -ya que se sustituían las butacas- se realizase un diseño específico para las nuevas.

Todo ello, acompañado por superficiales informes del área de Patrimonio del Principado, y curiosas interpretaciones de las licencias del Ayuntamiento -el caso de las ventanas es antológico-, arrojan una reforma de la Universidad Laboral tan rauda por motivos electoralistas como diletante en sus planteamientos.

Pero la reflexión más señalada de la Consejera es la de que las butacas de cabra franquista son evidencia de la corrupción constructiva de la Laboral.

Esto es de aurora boreal porque olvida Migoya que la Universidad Laboral fue investigada por el Tribunal Supremo en 1957, y justo en un momento en el que sus promotores falangistas -el ministro Girón y compañía, es decir, los camisas viejas- habían caído en desgracia ante el régimen. Qué mejor que encontrar corruptelas en su acariciada obra para denigrales; pero no aparecieron, a excepción de dos o tres asuntos menores en la granja de La Lloreda, que sí fue un lugar de sombras.

Por tanto, la agitación de la leyenda negra de la Laboral, como pretende Migoya, debería estar mejor fundamentada. Cabría hablar, tal vez, de ciertas adjudicaciones concretas, pero nos encontraríamos con los mismos niveles de picaresca y tráfico de influencias que en el presente, como el Tribunal de Cuentas nos recuerda regularmente al analizar las contrataciones de administraciones autonómicas y locales.

Todo lo dicho nos lleva a una conclusión: tanto la eliminación de simbolos políticos del pasado -que el Principado agita erróneamente, pues se trata de algo que hasta ahora a nadie apasionaba-, como la desfiguración arquitectónica de la Laboral, y como las singulares reflexiones de la consejera Migoya, conducen a una deformación de la historia objetiva y a una reescritura intolerable de lo sucedido.

Desfigurar de este modo la Laboral impide reconocer, por ejemplo, cómo el edificio evolucionó desde una gran carga ideológica concreta hacia un noble conjunto arquitectónico de gran significación, incluso con butacas de cabra franquista.

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