Todo empezó pasada la transición, cuando surgió en Asturias un plantel de figuras cuya dedicación a la vida pública sería determinante para nuestra ciudad y nuestra región. Jóvenes entonces, con cierta formación en pocos casos y desconocida experiencia profesional en la mayoría, supieron esconder tras el traje de pana la inconfesable idea de perpetuarse en su actividad y confundiendo deliberadamente vocación con profesión desplazaron a los que pensaban que no era necesario profesionalizar a los cargos políticos, alcaldes o concejales, para ejercer su función pública. La expulsión de Palacio de la Alcaldía de Gijón en el 87 resulta el más vergonzoso, sonado y cercano ejemplo para los gijonenses.
En aquel tiempo, Asturias como ahora, pasando por momentos malos, con su industria, minería, agricultura y ganadería en declive; por lo que muchas fueron, a partir de entonces, las ayudas exigidas a Europa y al Estado. Lejos de emplearlas en crear el tejido industrial que nos falta y en sustituir la apoltronada cultura laboral y sindical que todavía nos agarrota, se despilfarraron en tejer un auténtico holding de poder, desde donde hoy, cincuentones y sesentones todos ellos, siguen gestionando el presente de esta región a costa de estrangular su futuro. Incapaces de crear más riqueza que la suya a costa de ayudas y recursos públicos, siguen ahí, instalados en el poder, enfrascados en la comodidad, aliados con cualquiera que les garantice su prosperidad y de espaldas a quien paga los impuestos que les mantienen.
Su población se ha multiplicado y forma un colectivo muy amplio con ya rancio olor a progresismo, repleto de vocalías, secciones, conceyos, consejos, federaciones y oficinas, con sus presidentes, directores, subdirectores y secretarios. Todo un costoso entramado de votos cautivos que, inspirado y auspiciado por sindicatos privilegiados, toma de éstos precisamente lo peor de su acervo cultural: los derechos sin obligaciones, la subvención permanente, el pedir sin dar; y eso sí, la cruzada total contra quien les tosa. Mientras, los asturianos, en el limbo de Covadonga y del 34, convencidos de ser el pueblo elegido y justos merecedores de recompensas eternas. La pócima era perfecta y sus efectos, demostradamente narcóticos, elección tras elección.
25 años después, el urbanismo, la industria, la sanidad, la enseñanza, la Universidad y todo lo que de ellos depende funciona igual, porque la receta que se aplica es la misma: el clientelismo en estado puro, influencias, tratos de favor y chiringuitos a diestro y siniestro. El resultado, plasmado en insólitas estampas de prensa: sindicalistas inaugurando campus universitarios, decidiendo por dónde pasan las autovías y en qué se gastan los dineros públicos; empresas municipales de transporte en manos de impresentables liberados; una Universidad con cualificados profesionales, pero privados de los fondos de investigación que profanos dirigentes desvían a sabe Dios qué; una enseñanza secundaria cada vez más decadente y menos estimulante; y la sanidad, sin comentarios y sin radioterapia. Parece el triunfo de la mediocridad sobre el talento, la ignorancia sobre la cultura, la zafiedad sobre la educación. Y siempre las mismas caras. Si hoy son alcaldes, presidentes o concejales, mañana son consejeros, directores regionales o delegados del Gobierno, pero siempre son los mismos. Aún así, no todo el mundo en esta casa es igual, porque hay variedad de talentos: algunos individuos resultan útiles sólo como subalternos sin opinión propia, leales lacayos, concejales segundones o líderes vecinales. Si así se lo indicaran, defenderían la celebración del solsticio al pie de un enmacetado rododendro del Jardín Botánico antes que la conservación de los robles centenarios de Porceyo, recientemente talados sin justificación y sin vergüenza. Por contra, los más aventajados, hábiles y preparados, prosperan en esta sociedad alcanzando lo más alto de su organigrama: el departamento de finanzas para gestionar el urbanismo de la ciudad o el de recursos humanos para elaborar las listas electorales. Todo lo justifican con el interés general, todo por el bien común, pero a costa siempre del más débil. Ellos deciden las expropiaciones, la subida de impuestos de la gasolina y de la vivienda, la desaparición de los astilleros o la mala gestión de los hospitales. Todo sea por el bien de su empresa, porque, en el fondo, poco les importa nuestro desastroso servicio sanitario: ellos no esperarán colas. Poco les importa la enseñanza secundaria, porque sus hijos estudian en la privada. Poco les importa el empleo, porque tienen la vida resuelta. Lo que no quieren para ellos lo defienden a capa y espada para los demás. La desvergüenza total.
La renta de nuestra región es artificial, dependiente de ayudas con fecha de caducidad y muy superior a nuestra productividad. Los buenos profesionales, los formados en nuestra Universidad, tienen que emigrar de nuestra región colaborando a la prosperidad de otras regiones en detrimento de la nuestra. Se nos escapan los cerebros, es decir, los que pueden aportar ideas de futuro sobre nuestro desarrollo económico y cultural. El panorama no parece muy alentador y todo parece ir mal, pero para esta excepcional empresa dedicada al ejercicio del poder es otra cosa. Con 25 años de vida cuenta ya con ayuntamientos, empresas mixtas y municipales, consorcios, institutos, consejos, medios de comunicación y un buen pelotón de agradecidos braceros entre sus activos más importantes. Todo un éxito, pero a este paso.. ¿será la única que quede?.
Corsino García García
DNI: 10051269
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