Según el diccionario, los idiotas son seres ayunos de toda instrucción, personas sin criterio y no adscritas a profesión alguna. Además, por lo visto en el Pleno Rural, también suelen aferrarse a consignas de otros, aun cuando obran y expresan su palabra revelada como auténticos salvadores de nuestra ciudad. Piensan poco y cuando les presentan argumentos sobre algo, incapaces de rebatirlos, acuden al insulto y a la descalificación fácil con asombroso mal gusto. Capaces de llamar fascista, especulador o insolidario a quien con razonamientos sólidos les demuestra lo equivocados que están, serían, en realidad, perfectos esbirros de cualquier sátrapa, escolta personal de Stalin o guardia mora con Franco. ¡Qué más da! Es lenguaje chabacano y rancio el suyo, cargado de frases hechas y frágil envoltura de un discurso adoctrinado y pobre; el que fanáticamente quieren imponer a los demás, ciegos a la razón y a los hechos. Todo lo llevan al pensamiento único: interés general y modelo de ciudad. De paso, desvían la atención de lo inconfesable: dinero y más dinero.
En la Grecia clásica, cuna de la Democracia, el «idiota» no servía para la filosofía ni para la «cosa pública», porque así se llamaba a quien carecía de autocrítica y quería imponer a los demás su voluntad de forma intransigente y cerril.
Si esto fuera una democracia auténtica, el ninguneo y la farsa montada sobre las firmas de los rurales de la última semana supondría la dimisión total y en pleno de todos los «idiotas clásicos» que tenemos gobernando. Pero éstos, ni el menor sonrojo. Se podía ser idiota, pero al menos, tener vergüenza.
Corsino García García COLECTIVO EN DEFENSA DE LA ZONA RURAL GIJONESA
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