La granja de Tina LA NUEVA ESPAÑA (16/01/08)
Con les pites pintes | Tina Muñiz Sánchez, de 69 años, es uno de los referentes humanos del Vega rural que ahora tanto codician los constructores. La casería de Tina lleva en pie 106 años. Su familia, procedente de Infiesto, la compró cuando ella era una niña de apenas 13 meses. «No cambio esto por todo el oro del mundo», sentencia. «Aquí está mi sitio», añade por si no hubiese quedado suficientemente claro. Tina Muñiz es agricultora vocacional, de las que siente verdadero apego por la tierra
Con tortugues de agua dulce |
Miriam SUÁREZ
La mina le ha dado a La Camocha una personalidad tan fuerte que muchos incluso se piensan que es una parroquia por sí misma. Pero ni es parroquia ni rural. Este núcleo, considerado urbano, forma parte de Vega, representando sólo un 10 por ciento de su territorio. El resto tiene más de campo que de mina. Un campo con sus tierras de labor y sus caserías tradicionales. Tina Muñiz Sánchez, de 69 años, es uno de los grandes referentes humanos de ese Vega, el rural, el que ahora codician promotores y constructoras.
La casería de Tina lleva en pie 106 años. Su familia, procedente de Infiesto, la compró cuando ella era una niña de apenas 13 meses. «No cambio esto por todo el oro del mundo», sentencia. «Aquí está mi sitio», añade por si no hubiese quedado suficientemente claro. Tina Muñiz es agricultora vocacional, de las que siente verdadero apego por la tierra. Pudo haber tenido negocio propio, porque su padre siempre quiso montarles una tienda en Gijón a ella y a sus cuatro hermanas, pero «a mí lo que me gustaba era la labranza».
De otra forma no podría sobrellevar con tan buen ánimo el trabajo que dan los casi 300 animales que tiene a su cargo, incluido un cuervo, de nombre «Manolo», que imita a los perros y a las gallinas, y se dirige a los de casa con un simpático «¡hola, ho!». Su marido, Severino González López, es la otra mitad de esta granja de Vega, donde crecen los naranjos como en tiempos de Jovellanos, se maya sidra y se llena la despensa con lo mucho que produce la huerta. Sus hijos, Yolanda y Nicanor, también arriman el hombro. Toda ayuda es poca para tirar del campo.
«Ésta es una casa de aldea, pero tengo todas las comodidades», puntualiza esta mujer de conversación dulce y gesto amable, que se levanta a las ocho de la mañana -hora que para ella «no es muy temprano»- y no cansa de trabajar hasta las ocho o nueve de la noche. La cocina y el salón conservan sus suelos originales, un tapiz de baldosas de colores que llama la atención, y el sistema de calefacción es el mismo que tenía la casa cuando la compraron sus padres. «Se alimenta de carbón. Me compra los vales el mi sobrín. Esi montón que ves ahí ye lo último que me trajo de Mina La Camocha», precisa. Pero el hogar de Tina, muy cálido por cierto, también dispone de vitrocerámica, radiadores de gran tamaño y una televisión último modelo.
Un mundo al que tienen acceso decenas de escolares de Gijón. «Aquí vienen grupos de cincuenta neños y más», señala. El Colegio Jacinto Benavente, de Vega-La Camocha, es el primero en enviar a sus alumnos a la granja de Tina Muñiz para que conozcan el entorno rural. Eso que llaman conocimiento del medio sirve a muchos chiquillos del concejo para descubrir cómo se ordeña una vaca, de dónde salen los tomates o qué se le da de comer a un «gochín». Tina, que se convierte por unas horas en guía turística, tiene respuesta para eso y mucho más.
«Hay críos que se ponen tan nerviosos cuando ven de cerca un animal que lloren y otros queden boquiabiertos hasta con los tomates de la huerta. Hombre, también los hay que te dicen: «Yo esto ya se lo vi a mi güelu», explica. «Los guajes, ahora, piensen que la leche vien del tetrabrik. Antiguamente, esto era impensable. Pero asfaltaron tanto y la aldea cambió de tal maneraÉ Nosotros, en Vega, llegamos a tener dos cines y una sala de baile. Ahora lo están llenando todo de esos chalés adosados, que se oye lo que hables por la pared», comenta.
Muchos de los colegios a los que Tina Muñiz ha abierto las puertas de su casería de Vega correspondieron su paciencia y generosidad enviando cartas de apoyo a la parroquia en los tiempos de la «marcha verde». Vega, donde estaba prevista la construcción de una gran zona de pisos, participó activamente en las tres movilizaciones que la zona rural gijonesa organizó contra los planes urbanísticos del Ayuntamiento. Uno de los tractores que los vecinos bajaron a la ciudad en señal de protesta, cargado con animales de distintas especies, fue aportación de Tina. Ella era una de las vecinas afectadas por el nuevo paisaje que se dibujaba.
El Ayuntamiento, finalmente, ha decidido renunciar a ese proyecto, aunque los constructores no lo pierden de vista. «Toda la casería estaba afectada. Fíjate la parcela que tengo y nunca me dejaron hacer ni una panera pa un fíu. Y, luego, queríen levantar edificios de cinco plantas. O eso hablaban», recuerda. «Ay, madre, si veo yo aquí pisos, me da mal. ¿ónde iba a ir yo con todos estos animales? Ahora, parez que ya dormimos más tranquilos. Bueno, al menos, de momento», respira Tina.


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