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ASÍ ESTÁN LAS COSAS PARA VOTAR


Estos últimos cuatro años han sido especiales para Vega. Las amenazas de quitarnos incomprensiblemente lo nuestro, de romper en mil pedazos nuestra forma de vida, de enladrillarnos y cubrirnos de hormigón, y el imaginarnos nuestra casa convertida en escombros o la pumarada en boulevard, fueron lágrimas, angustia, insomnio y sentimiento de impotencia para muchos de nosotros.



En este tiempo, hemos sido testigos de hechos ciertamente graves e impropios de una democracia: expropiaciones injustas, detenciones policiales de vecinos de la zona rural, recalificación de terrenos que llevan al enriquecimiento personal de empresarios amigos, empleo lucrativo del suelo público, cierre dictatorial de emisoras de televisión, procesamiento de trabajadores por denunciar la especulación en el suelo de los astilleros. Todo ello, no sólo con la implicación directa y prepotente de quien hace de gobierno, sino también con el cómplice silencio de quien representa el papel de oposición.








Hoy sabemos que el intento de urbanizar nuestra querida parroquia no era un asunto de bien común, o de “interés general”, como lo llamaban. Sabemos que simplemente era uno de tantos atropellos al servicio del dinero fácil y rápido que supone hoy el negocio inmobiliario, asunto que parece poner de acuerdo a todas las formaciones políticas, sin excepción, por muy irreconciliables que parezcan en otras cosas.


 


Se acercan las próximas elecciones y quienes se pasaron cuatro años pisoteándonos o ignorándonos no reconociendo nuestras firmas, diciendo que lo nuestro no valía nada, ocultándonos información o llamándonos especuladores, ahora nos pasan la invitación de sentirnos importantes ejerciendo nuestro derecho al voto. Para eso sí somos ciudadanos.




Nos gustaría que estas líneas sirviesen para tener presente algunos hechos e intenciones de la formaciones políticas que aspiran  a gobernarnos cuatro años.




¿Votar? ¿A quién?


Si hay un referente ideológico del que tiene que enorgullecerse cualquier formación política que se tenga de izquierdas, ése debería ser el combate permanente contra los males del capitalismo, en lo que tiene de injusto y de generador de desigualdades, al menos en la medida de lo posible y en el ámbito de su comunidad. Pero en estos últimos cuatro años hemos sido testigos de la última entrega de una gran estafa que dura casi tres décadas. En lugar de paliar sus efectos, la izquierda plural (como así se autodenomina en nuestra ciudad y nuestra región el gobernante frente político PSOE-IU) ha demostrado encontrarse espectacularmente cómoda navegando en aguas de este sistema, plagadas de fajos de billetes, recalificaciones y clientelismos, mientras que a ratos – eso sí- jugaba a políticas de igualdad sólo en lo banal, porque en lo esencial, hemos visto que, como en épocas predemocráticas, se ha seguido dando cobijo a profesionales del arribismo a los que ahora es esta izquierda quien les garantiza el enriquecimiento rápido, a cambio de la manutención de un estatus sociopolítico para sus correligionarios, en su mayoría ayunos de profesión conocida.


Al otro lado, una impresentable oposición encarnada por el PP, la otra pata que sostiene el banco donde se pactan los negocios de este territorio, tan cómplice y culpable como los anteriores, por su silencio y su consentimiento. Su papel de nefasta alternativa es fundamental para que la sociedad gijonesa y asturiana consienta las tropelías de la izquierda, con las que finalmente consiguen prosperar los de siempre: los que tienen el dinero; pero a costa del más débil.


Unos merecen perder y los otros no merecen ganar, duro nos lo ponen a los ciudadanos a la hora de votar…


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