Sobre el asunto del encarcelamiento de Morala y Carnero.
Fernando León de Aranoa, junto a Ignacio del Moral, escribían el guión de «Los lunes al sol» cuando vio unas imágenes de las movilizaciones laborales de los trabajadores de Naval Gijón en un informativo nacional. Poco después, llegaba a la ciudad asturiana para documentarse sorprendido por la tenacidad con la que aquellos hombres defendían no ya sus trabajos, sino los de sus ochenta compañeros eventuales a los que la patronal quería echar. ¿En qué profesión pasa eso? En la mía no». Allí conoció a Cándido González Carnero y a Juan Manuel Martínez Morala, los líderes sindicales que desde el pasado sábado cumplen una condena de tres años de prisión por romper un cajetín de conexiones de una cámara de tráfico, que enfocaba el interior del astillero, durante una de las protestas laborales de 2004. Un delito del que ellos siempre se han declarado inocentes.
¿Qué se encontró cuando llegó a Gijón para documentarse para su película Los lunes al sol?
Compartimos largas jornadas con los trabajadores de Naval Gijón. En el astillero, durante las movilizaciones y también luego, en las asambleas que celebraban, a veces a puerta cerrada para la prensa. Entonces conocí a Cándido y a Morala. Regresamos un año más tarde, cuando aún escribíamos el guión. Fuimos así testigos de su actividad sindical, del seguimiento que daban a los que resultaron despedidos, de sus esfuerzos por defender la viabilidad del sector naval. Nunca antes había escuchado a nadie hablar así de su trabajo. Con el respeto del que lo sabe el bien más preciado, quizá su única posesión. «Somos trabajadores», solían decirnos. «Si nos lo quitan nos lo quitan todo». El trabajo no es para ellos una fuente de riqueza, es una riqueza en sí mismo. Una ética, un bien común, colectivo. Algo que nos pertenece a todos, que heredarán nuestros hijos un día. Y por eso no están dispuestos a permitir que se precarice, que se deteriore. Por eso se encerraron en el astillero, para tratar de evitar el despido de sus compañeros eventuales, arriesgando sus puestos de trabajo, y con ellos sus casas, sus hipotecas, sus vidas. Hablaban de los barcos que hacían como si fueran suyos, y en realidad lo eran. Pienso en ellos y me vienen a la cabeza aquellos versos de Claudio Rodríguez en Alto jornal, «en sus manos brilla limpio su oficio, y nos lo entrega de corazón porque ama». En las manos de esos trabajadores brilla limpio su oficio.
Desde las primeras movilizaciones laborales del sector asturiano, ya en 1982 como respuesta a un decreto de reconversión del gobierno de la UCD que nunca llegó a ejecutarse por la contundente oposición de los trabajadores, Cándido y Morala, secretarios generales de la Corriente Sindical de Izquierdas (CSI), han dirigido las acciones de los trabajadores contra la contínua pérdida de vigor del sector astillero en Asturias. El peso de esta industria en la región, el carácter combativo de las movilizaciones y el carisma de los dos líderes sindicales, les han convertido en dos personas muy conocidas en Asturias. Pero el sábado 16 de julio, un día después del treinta aniversario de la democracia, después de una de las numerosas concentraciones que se han celebrado durante los últimos meses en protesta por la condena a tres años de prisión que se les había impuesto, por romper el cajetín de conexiones de una cámara de vigilancia, fueron arrestados en presencia de sus familiares, y llevados a la prisión de Villabona. Paradójicamente, en Los lunes al sol Santa, el protagonista interpretado por Javier Bardem, rompe una farola en el transcurso de una de las movilizaciones..
¿Qué hay de Naval Gijón en «Los lunes al sol»?
En el trabajo de documentación no busco una trama, un personaje. Comienzo a hacerlo cuando tengo ya escrito un primer borrador del guión, cuando el trabajo está bastante avanzado. Busco más un espíritu, algo difícil de registrar en palabras, la energía de un momento. Cuando viajamos a Gijón los personajes que habíamos inventado Ignacio del Moral y yo existían ya, también su historia. Quizá la película encontró su alma allí. Compartir con los trabajadores del naval aquellos días tan difíciles para ellos me ayudó a entender lo que supone ser, sentirse clase obrera. Para los personajes de Los lunes al sol, la pertenencia a esa clase es lo que les da la identidad y la vida. Es para ellos una brújula, un chaleco salvavidas. Llevan dos años perdidos, a la deriva en ese naufragio personal y colectivo que es para ellos el paro. En los momentos más difíciles, saberse parte de una clase, de algo más amplio, se convierte en una tabla a la que agarrarse y flotar. Santa, el protagonista de la película, se lo recuerda a los otros a menudo. Les recuerda quiénes son, a qué pertenecen; el valor del colectivo como refugio, como lugar seguro.
Hasta la película llegaron también ideas, miradas, frases concretas. Muchas las escuché en la asamblea en la que se decidió el despido de los más de ochenta eventuales. Duró siete, ocho horas, y fue tremendamente dolorosa para casi todos los que estaban allí. Muchos de los presentes se negaban a firmar ese convenio que suponía el despido de sus compañeros, a veces incluso de sus hijos. Me refiero a trabajadores fijos, cuyos empleos no estaban en cuestión y aún así se negaban a aceptar la propuesta que les hacía la patronal, que era un ultimátum. O aceptáis o cerramos el astillero, les decían. «¿Desde cuándo los trabajadores echamos a los trabajadores? Eso se lo dejamos a los patrones. Nosotros no podemos hacernos daño a nosotros mismos, yo eso no lo firmo». El que se expresaba así era un trabajador fijo del astillero, y se le quebraba la voz de impotencia al decirlo. Aceptar el despido de sus compañeros iba contra su naturaleza, así de sencillo. Prefería arriesgar su empleo, su futuro. Era la posición que sostenía aquella vez la Corriente Sindical de Izquierdas y que de algún modo hereda Santa, el protagonista de Los lunes al sol, en la película.
¿Cuál es tu valoración del ingreso en prisión de Cándido y Morala?
Nunca pensé que fuera a suceder. Ellos han defendido su inocencia hasta el punto de no querer solicitar un indulto, y siguen luchando para que la justicia vea un vídeo grabado por la propia policía de todo lo sucedido. ¿Qué interés podrían tener en que se vea si fueran culpables? En todo caso me resulta impensable que dos trabajadores puedan pasar tres años en la cárcel por la supuesta rotura del cajetín de control de una cámara de tráfico. Especialmente cuando esa rotura se produce en el transcurso de una movilización en la que participan cientos de trabajadores, defendiendo su trabajo, su futuro, pidiendo carga de trabajo para un astillero, en definitiva, luchando por su sector, por su ciudad. Fueron muchos los que participaron en ellas, pero sólo a dos, los más significados por su lucha en defensa de los derechos de los trabajadores, se les responsabiliza de los daños. Me parece impensable que un ayuntamiento gobernado en coalición por PSOE e IU aliente y se sume a esa denuncia. Impensable que se les aplique la ley antiterrorista, que la fiscalía pida seis años de prisión, que se les condene a tres. ¿Quién va a salir a manifestarse mañana? ¿Quién dará la cara por el empleo, por los derechos de los trabajadores? Me resulta sorprendente que se puedan ejercer acciones penales tan agresivas contra dos sindicalistas, singularizando en ellos un conflicto tan complejo y tan amplio, de naturaleza colectiva.
En una de aquellas movilizaciones a las que asistí, uno de los trabajadores perdió la visión en un ojo a causa del impacto directo de una pelota de goma. Sucedió a apenas unos metros de nosotros. Dudo que nadie haya asumido una sola responsabilidad por eso, que nadie se haya enterado o a nadie le haya importado. La mirada de un trabajador sigue valiendo menos que una cámara de control de tráfico.
¿Cómo interpretas la condena de tres años de prisión que se les ha impuesto?
Ya lo dice Sabina en una canción, «que ser valiente no salga tan caro». Siempre ha sido así, los más valientes, los que más se exponen, suelen ser siempre los que acaban pagando. No hay que olvidar que nos encontramos además ante la contraposición de dos violencias. Por un lado la que se juzga ahora, la rotura de un cajetín de conexiones de una cámara durante una movilización. Frente a ella, otra violencia menos visible, esa que nunca llega a los tribunales, que no captan las cámaras de televisión ni encontraremos nunca en la cabecera de los informativos. La que genera la destrucción de puestos de trabajo, la que destruye familias y vidas, condenando a los trabajadores a ese corredor de la muerte de la vida civil que es el paro. Personalmente me preocupa más esa otra violencia, más callada, más trágica, de la que nunca vas a oir hablar y contra la que los trabajadores tienen el derecho de movilizarse. Esa es la violencia que combaten las movilizaciones de los trabajadores del sector Naval, la que se debería perseguir y condenar, la que debería alcanzar a diario los titulares de los periódicos.
Pero como ellos solían decir, hay que ser optimistas. He oído que Cándido y Morala están ya dando clases de soldadura y dibujo técnico a otros reclusos. Están ya construyendo, generando cosas buenas. No podía ser de otro modo. Les he escuchado en éstos días decir en los medios que no les importa ir a la cárcel por defender el trabajo. Yo quisiera contradecirles, somos muchos los que prefiriríamos que no fuera así, nos hace mucha falta su claridad y su firmeza. Nos hacen mucha falta afuera.
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