Alegar «lelojes» JUAN C. HERRERO. LA NUEVA ESPAÑA (8/1/09)
Nos piden a los gijoneses que aleguemos antes que nos plantifiquen dos torres con más de cien metros de altura a la entrada de Roces. Dicen que simulará la puerta de la villa como el «Elogio» pretende ser una ventana de hormigón al mar. Será verdad. Lo cierto es que clavar estos hitos de ladrillo al pie de la zona rural no deja de ser un signo de prepotencia urbana, de chulería antropocéntrica por muy vanguardista que se pretenda. Toda tribu que se precie tiene su montaña mágica que adorar, a falta de rendir pleitesía al Picu San Martín, que sería lo propio, volvemos a tropezar en la misma piedra erigiendo dos nuevos menhires con que ratificar un mal pretendido «progreso».
La alegación, como el pataleo, es un derecho, pero diseño y proyecto de las torres gemelas están tan amagüestaos que difícilmente pondrá freno a un despropósito que en nuestra ciudad tomó carta de naturaleza en el paseo del Muro, en donde las nubes se van, cada otoño, pero el sol no regresa desde que los modernistas y especuladores condenasen a los gijoneses a pasar frío en sus paseos a pie de playa. Por mucho que disimulemos el solicidio del arenal gijonés con la opacidad de unos vidrios, las fachadas seguirán negando la luz del sol como lentes de ciego.
¿De qué sirvieron las alegaciones a autovías que ahora sesgan la vida animal coartando sus itinerarios biológicos? La del Cantábrico es un cementerio de martas, raposos, aves, erizos y de más fauna; la Minera, un argayo permanente en donde la flora autóctona talada se rinde a especies invasoras que decoran como macetas nuestras infraestructuras.
El pataleo con la regasificadora subyugó la clemencia de nuestros ecologistas mientras el resto mirábamos para otro lado; o las alegaciones a la ampliación del puerto de El Musel que se fueron al fondo con los cubos lapidarios de la memoria de nuestra riqueza marina -¿qué artista vendrá a darles color??-. Y la más que probable incineradora para quemar la media tonelada de basura-año con la que acrecentamos la huella ecológica y social de Asturias cada consumidor. Ese ha sido el resultado de las alegaciones a una Agenda 21 local doblegada al interés global, a un materialismo imparable.
Somos poco originales al recurrir de nuevo al hormigón para buscar nuestra identidad, un símbolo que invita a entrar en Gijón por Roces y a salir por la ventana de hormigón armado hacia los acantilados, como si fuera premonitorio.
Esta nueva floritura urbanística propiciada por las mismas mentes que desearon el serrado del edificio que da sombra a Pelayo, en el muelle local, hincan ahora sus picas en un Flandes rural más necesitado que nunca de recuperar nuestro espacio ecológico, nuestra verdadera identidad; sin embargo, el cemento no sólo alfombra y coloniza nuestros praos, también quiere abovedar el cielo poniendo puertas al campo, en Roces. Qué ambición.
Las únicas alegaciones que tendrían éxito respecto de los rascacielos son las luces y sombras que proyectaran las veintiséis plantas. Luces, porque hay que tener muchas para la previsión de cualquier contingencia que surge a partir de los cincuenta metros de altura en unas viviendas; el éxito de la seguridad en estos edificios está en la compartimentación de sectores cortafuegos tal como recoge el Código Técnico de la Edificación. Compartimentar una chimenea de cien metros de altura no deja de ser complicado, así que puestos a imaginar sería bueno alegar que ambas torres se comunicasen para que, al menos, en caso de siniestro los vecinos de una torre gemela largasen por piernas al torreón de enfrente a través de un túnel de unión como sector protegido de incendios.
De la energía que requerirán estos monstruos ni hablamos. Los paneles solares, que serán imprescindibles en breve, no tendrán cabida en una triste cubierta cuya superficie apenas albergará las instalaciones mecánicas para subir el agua, proveniente de los depósitos de Roces, hasta el hectómetro.
Las sombras de las torres tienen más lectura médica que arquitectónica. Es sabida la presencia de enfermedades de piel en nuestros barrios en donde el sol no se deja ver a lo largo del año; por ejemplo, la psoriasis, una de las patologías dermatológicas más presentes, aunque su etiología es discutible, la ausencia de luz solar acrecienta su aparición entre la población. No estaría de más hacer un estudio epidemiológico al respecto. Las sombras también favorecen las depresiones entre los urbanitas, salvo a los privilegiados que miran por encima del hombro al resto de habitantes; la mayoría estará eclipsada por la altura de los colosos, que competirán con el Picu el Sol la supremacía, desafiantes de la naturaleza, con la misma inocencia de la niña que calza tacones imitando a madre pretendiendo una madurez insostenible.
Como diría un buen playu contestando a la pregunta administrativa: ¿Tiene usted algo que alegar?». «Sí, señoría, «lelojes»». ¡Tira que libres!
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