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Mi ciudad. JUAN ANTONIO DE BLAS

Artículo de opinión sobre nuestro Gijón…y sobre nuestros gobernantes. LA NUEVA ESPAÑA (24/6/06)



JUAN ANTONIO DE BLAS
Gijón es el único amor al que he permanecido fiel toda mi vida. Mis primeros recuerdos son de la calle del Príncipe, mi abuelo vivía encima del Centro Asturiano, mi tío tenía un almacén de vinos en El Llano y la familia de mi abuela trabajaba grabando vidrio en un taller del barrio de La Arena. Desde el cine Los Campos al fielato de la carretera de Oviedo todo Gijón fue mi territorio. Si es cierto que el único que paraíso es el de la infancia, tengo muy claro donde estuvo para mí y ya que los jardines del Edén quedan un poco a trasmano me conformaba con los jardines de Begoña.

Por muy lejos que fuera y por mucho que ofreciera el viaje, siempre me daba más el regreso. A fin de cuentas el mundo no es más que un paisaje y paisanaje y, puestos a escoger, me quedo con los míos. Por necesidades de trabajo pasé muchos años fuera, pero cuando ganaron los que parecían de izquierdas regresé para quedarme, aunque el Gijón añorado empezó a convertirse en fiasco.

Teníamos un alcalde, al que se podía llamar de la triste figura, del que se aseguraba que por ser honrado desentonaba. Se montó una conjura palaciega, qué coños, una reunión de chigre, ¿te acuerdas, Villaverde? Los conspiradores, encabezados por Silverio Cañada y Juan Cueto, se trajeron de su puesto burocrático madrileño a Areces, que consiguió la Alcaldía a las primeras de cambio. Por cierto, la gente del partido casi socialista que lo apoyó sigue viviendo del erario público, en unas condiciones económicas que ni siquiera se atrevieron a soñar en los tiempos que daban la tabarra con lo de asaltar el Palacio de Invierno, que para ellos se quedó en adquirir un chalé de verano. Algunos incluso se compraron un molino en Galicia para llevar su solidaridad… a los antiguos propietarios.

Areces a caballo del populismo llegó a la presidencia del Principado, lo que presentaron sus incondicionales como una gran hazaña, que queda un poco disminuida si recordamos que tal encargo también lo disfrutaron Trevín y Vigil.
La marcha de Areces a Oviedo dejó un espacio difícil de rellenar. Mi ciudad lleva más de dos décadas siendo un feudo del partido casi socialista y es su primera pieza clave en Asturias, aunque la pasta comunitaria se siga repartiendo desde las Cuencas. Se necesitaba alguien fiel que cubriera las espaldas y el problema se resolvió rápidamente. Siempre hay un político dispuesto a sacrificarse si el cargo es remunerado. La elegida, en este caso designada, era una señora a la que Felipe González colocó como su recadera delegada del Gobierno en Telefónica y, como es lógico, con una sabrosa nómina. Después su fidelidad la hizo acreedora al cargo de carcelera mayor del reino. No habría nada que objetar salvo que fueron tiempos en los que la dirección general de Prisiones abría las cárceles a equipos de la tele para que policías encarcelados diesen sus versiones al tiempo que se extremaba el trato a los insumisos. Aseguran que esta buena señora quería ser ministra de Justicia, pero eso ya era demasiado incluso para Felipe González y la ex volvió a Asturias. Inasequible al desaliento aceptó una cartera en el Gobierno asturiano y se convirtió en un personaje nefasto que aún recuerdan «con cariño» las trabajadoras de Ike. Y, como colofón, alcaldesa de Gijón. Aquí ni ella podría llegar a más ni mi ciudad a menos.
Me aseguran que su comedia musical preferida es «Hair»: por la canción «Acuario, acuario». Y lo que me duele es que coincidimos en el origen familiar en la minería, claro está, con la pequeña diferencia de que mi abuelo era minero y el suyo tenía minas…

En fin, gracias a ella y otros como ella se puede decir de Gijón:

Ciudad abierta de gente muy cerrada,

tiempo ha liberal, hoy reaccionaria

que olvidando su sangre proletaria

al poder suplica arrodillada.

En su cima una impostura de Chillida,

en su centro un parque de cemento.

Don Pelayo contempla boquiabierto

en su puerto embarcaciones deportivas.
Algún circo de masas en verano
esperando la inclemencia del invierno

con grandonismo del personal aldeano.

Aporreando a las puertas del infierno

perdiéndolo todo y sin perder el sueñu.

Ésta es, doy fe, la villa de Jovellanos.

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